domingo, 16 de enero de 2011

AROMATERAPIA: LA BASE ESENCIAL DE LA COSMETICA NATURAL


A la vez que presenciamos la reconciliación de la naturaleza con la ciencia, las nuevas tendencias cosméticas encuentran en sus orígenes naturales la clave de su eficacia.


Sabemos, a través de numerosos hallazgos arequeológicos, que Cleopatra y otras divas de la antigüedad confiaron el mantenimiento de su belleza y juventud a lociones y ungüentos hechos a base de substancias aromáticas derivadas de plantas, frutas, maderas y resinas. Y que no sólo la cosmética de pasadas civilizaciones se benefició de las plantas y sus derivados, también sus ritos funerarios y su práctica médica contaron con ellos como principales herramientas.


Cuentan, además, los libros de historia, que el arte de la destilación de aceites esenciales de distintos vegetales, supuestamente atribuible al famoso médico árabe Avicena, pasó a ser una práctica común entre los alquimistas de la Edad Media, algunas mujeres entre ellos. Así, mediante esa y otras técnicas alquímicas, numerosas mezclas y ungüentos fueron elaborados, destinados tanto a aliviar dolencias como a conservar y potenciar la belleza. Algunos textos de esa época lograron burlar el fuego de la Santa Inquisición, que arremetió contra "mujeres sabias" y otros supuestos herejes, y hoy constituyen un registro histórico del uso de la aromaterapia en la cosmética a través de los siglos.


Paralelamente a la quema de brujas, que estigmatizó las prácticas médicas caseras, el desarrollo de la química y de la medicina moderna occidentales, ya entrado el Renacimiento, enfocó sus esfuerzos en sintetizar artificialmente principios activos de similar acción a aquellos de las plantas. Como consecuencia, el uso de aceites esenciales fue quedando obsoleto y siendo relegado al ámbito de la perfumería, industria que optó también finalmente por buscar sus ingredientes en los laboratorios. No fue así en países orientales cuya práctica médica, como la Ayurveda o la Medicina Tradicional China, siguió confiando en sus preparados herbales, ininterrumpidamente hasta nuestros días.


Varios siglos pasaron hasta que en 1920 el perfumista René Maurice Gattefossé, tras experimentar en carne propia y accidentalmente la sorprendente capacidad regeneradora del aceite esencial de lavanda sobre la piel, acuñase el término "aromaterapia". A partir de entonces, el interés por los aceites esenciales resurgió de las cenizas de las hogueras medievales: estos empezaron a ser analizados bajo microscopios, y sus propiedades terapéuticas y dermatológicas explicadas en términos científicos por profesionales de bata blanca.


A partir de la segunda mitad del siglo XX, y a medida que los grandes avances médicos empezaban a revelar indeseados efectos secundarios e inefectividad ante ciertas condiciones médicas, el público empezó a buscar soluciones en otras direcciones, y se produjo el "boom" de las terapias naturales. Del mismo modo, la industria de la cosmética tuvo que empezar a responder a una demanda cada vez mayor de tratamientos de belleza ligados a la naturaleza y la salud, y la consecuencia fue la rápida proliferación de firmas de cosmética natural, o supuestamente natural.


Aloe Vera, bambú, manteca de karité, avena, miel, manzanilla, lavanda... son enunciados que vemos, envueltos en motivos florales, impresos muy a menudo en botes de champú, cremas faciales, dentífricos, cremas adelgazantes, etc. El mensaje es claro: la naturaleza nos provee de belleza.


Dejando a parte la discusión, que sería motivo de otro artículo, de cuántos de estos enunciados describen lo que de verdad hay dentro del recipiente, y cuántos son puro reclamo publicitario, lo cierto e indiscutible es que, en la actualidad, la naturaleza y la ciencia han unido sus fuerzas y resuelto sus diferencias, con el fin de proveernos de productos hechos con principios activos de primera mano, potenciados con tecnología avanzada. Por ello, no es de extrañar que aquellos libros de páginas amarillentas que no se quemaron, hayan sido desempolvados, sus fórmulas rescatadas, y sus ingredientes reconsiderados. Entre ellos, por supuesto, los aceites esenciales.


Existen, hoy en día, cientos de aceites esenciales comercializados en el mercado, extraídos de cítricos (naranja, petitgrain, pomelo), flores (lavanda, ylang-ylang, rosa, jazmín, neroli), maderas (cedro, sándalo), raíces (vetiver), semillas (anís, clavo), cortezas (canela) u hojas (menta, eucaliptus), mediante distintos métodos como la destilación, la expresión, la extracción con disolvente, o el enfleurage. Proceden de diversos países especializados en la producción de estos aceites y los hay, por supuesto, de diferentes calidades. Cada uno de ellos contiene las propiedades intrínsecas del elemento vegetal que los contiene, y difieren unos de otros pero, todos ellos, por definición, tienen acción antiséptica, y regeneradora. Esto, sumado al hecho de que estas esencias cuentan con propiedades que van más allá del efecto puramente cutáneo y cosmético, ya que tienen un efecto global u "holístico", explica su gran interés como ingredientes clave en fórmulas cosméticas.


Así, ahora que ya nadie atribuye las capacidades terapéuticas de estas esencias a esotéricas conexiones con el diablo, sino a sus componentes químicos naturales (monoterpenos, fenoles, esteres, etc.) y que el concepto de "holístico" es cada vez más aceptado entre la comunidad científica, podemos preservar la salud y belleza de nuestras pieles con cremas y emulsiones florales sin miedo a condenarnos en el fuego eterno.


Es indiscutible que la presencia de estas substancias tan preciadas ha recuperado el lugar que durante siglos ocupó, mezclada en los afeites y ungüentos de las alcobas femeninas, que se ha legitimado su eficacia, y que le ha dado un giro saludable a la cosmética moderna. Lo cual nos lleva a pensar que, ciertamente, Cleopatra no sólo era bella, sino también sabia.

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